# 8Esperando al color…
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Sur 10 jours, je m'en remets à la couleur du moment pour remplir ce 12,5x12,5 cm de chez Muji. Mon défi sera d'investir ce carnet une fois par jour, de trouver l'instant pendant lequel ma montre n'a plus raison d'exister…



«Por la tarde de ese mismo día se reunieron en casa de las Zasekina los invitados de costumbre, y yo entre ellos. La conversación giró en torno al poema de Maidanov; Zinaida lo elogió sinceramente. (…) – De pronto, en la orilla, ruido, alboroto, antorchas, panderetas... Es una multitud de bacantes que corre cantando y gritando. Ahora ya es asunto suyo pintar el cuadro, señor poeta... sólo quisiera que las antorchas fueran rojas y largaran mucho humo, y que los ojos de las bacantes brillaran bajo las coronas, y las coronas tienen que ser oscuras. No olvide tampoco las pieles de tigre y las copas, y el oro, mucho oro.»
«Entró Belovzorov; me alegré de su llegada.
«Bajé al valle; un sendero estrecho y arenoso serpenteaba por el valle y conducía a la ciudad. Me encaminé por ese sendero... A mis espaldas resonó el ruido sordo de unos cascos. Me di vuelta, sin querer me detuve y me quité la gorra: vi a mi padre y a Zinaida. Montaban uno junto al otro. Mi padre le decía algo, inclinándose hacia ella con todo el torso y apoyando su mano sobre el cuello del caballo; se sonreía. Zinaida lo escuchaba en silencio, con los ojos severos y bajos y apretados los labios. Primero los vi a ellos solos; recién unos instantes después apareció por detrás de un recodo del valle Belovzorov, con uniforme de húsar y una manteleta al hombro, sobre un caballo negro cubierto de espuma.»
«Los pasos se dirigían directamente hacia mí; me agazapé, listo a salir a su encuentro... Apareció un hombre... ¡Dios mío! ¡Era mi padre!
«…me tumbé en la cama. No sollocé, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté cuándo y cómo aquello había sucedido, no me sorprendí de no haberlo adivinado antes, hace tiempo, ni siquiera murmuré contra mi padre... Lo que supe era superior a mis fuerzas: esa súbita revelación me aniquiló... Todo había terminado. Todas mis flores habían sido arrancadas de un tirón y yacían a mi alrededor, desparramadas y pisoteadas.»
«En la calle, a cuarenta pasos de mí, ante la ventana abierta de una casita de madera, estaba mi padre, de espaldas a mí; se apoyaba con el pecho en el marco de la ventana, y en la casita, medio oculta por una cortina, había una mujer sentada, con vestido negro, que hablaba con mi padre; esa mujer era Zinaida.» …